Primero se dedicaba a recitar todos los clichés náuticos y ahora empezaba a parafrasear a Ben Gunn, el personaje de La isla del tesoro del que procedía su nombre. Pero, en el fondo, Meredith se alegraba de tener compañía. Ya se había enfrentado sola a un huracán cuando sólo era una niña y la experiencia la había perseguido hasta el día que tomó el trasbordador de Halteras y se alejó de la isla de Ocracoke.

– Jo, jo, jo! ¡Y una botella de ron!

– Ron. No me vendría mal un trago ahora. ¿Tienes una botella por ahí?

– ¡Me llevaré a Viernes conmigo!

– Vaya, ahora te da por Robinson Crusoe. Menuda suerte… comparto armario con un loro que ha leído más que la mayoría de mis alumnos.

– ¡Sí, mi capitán!

Tal vez hubiera cometido un error al regresar a Ocracoke, pero le había parecido una oportunidad perfecta para trabajar en su nuevo proyecto académico. Profesora de la Universidad de William y Mary, había pedido un año sabático para terminar su biografía de Barbanegra; pretendía ganar la beca Sullivan gracias al libro y acceder, después, a un puesto permanente. A fin de cuentas tenía intención de convertirse en la jefa de departamento más joven de la universidad.

La isla de Ocracoke se encontraba frente a la costa de Carolina del Norte. Meredith había llegado justo después del Día de los Trabajadores y había conseguido alquilar una espaciosa casita, por un precio razonable, con vistas a Pamlico Sound y a Teach's Hole, el canal donde el infame Barbanegra anclaba su navío, el Adventure.

Las tres primeras semanas habían sido idílicas. El ritmo tranquilo de la vida isleña volvía a asentarse en sus venas, y recordó el dicho de que un habitante de Ocracoke lo era para siempre. Por otra parte, la unida comunidad la había aceptado sin ningún problema, como si no se hubiera marchado de allí; no en vano, su padre también había nacido en la isla y los vecinos prácticamente la habían criado tras la muerte de su madre.



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