Meredith consideró la posibilidad de marcharse en el siguiente transbordador cuando supo que se acercaba una tormenta, y ahora pensaba que se había comportado de forma estúpida al decidir quedarse y afrontar sus miedos. Pero en su momento le pareció una buena idea; Horace sólo era una tormenta tropical, no un verdadero huracán como Delia, y la isla había soportado situaciones mucho peores.

Lamentablemente, la tormenta se transformó en huracán poco después y para entonces ya fue tarde: los transbordadores estaban anclados al abrigo de los puertos del continente y ella se quedó a solas con los vientos de ciento treinta kilómetros por hora, la lluvia torrencial y la galerna.

Se apoyó contra la pared del armario. Casi era medianoche y el viento y la lluvia seguían golpeando ferozmente la casa. No se sentía con fuerzas de abandonar la precaria seguridad que le ofrecía el interior del armario de su dormitorio, así que alzó la lámpara de queroseno y echó un vistazo a su alrededor, buscando algo en lo que ocupar su mente. Entonces vio un montón de libros y tomó el primero, que estaba lleno de polvo.

Olía a moho. Las letras doradas de la portada se habían oscurecido con el paso del tiempo, pero todavía se podía leer el título: Bribones a través del tiempo. En cambio, el lomo estaba tan desgastado que el nombre del autor resultaba ilegible, y una mancha oscura lo tapaba en la primera página.

Al manipularlo, el viejo volumen, encuadernado en cuero, se abrió por una magnífica reproducción en blanco y negro de un pirata. Meredith se estremeció. No era la primera coincidencia extraña que se le presentaba últimamente. Tenía la impresión de que una fuerza superior se había cruzado en su camino.

– Deja de asustarte sin razón -se dijo en voz alta-. Todo tiene una explicación lógica. Además, tú no crees en el destino.

Era cierto, pero comprendía que otras personas creyeran en él. Cuando volvió a la isla, el agente inmobiliario le dijo que su vieja casa de la calle Howard ya no estaba disponible, así que le dio las llaves de una casa más grande, situada en la costa, que se encontraba justo enfrente del lugar donde Barbanegra solía anclar su barco.



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