
Aunque todas las explicaciones le parecían irracionales, había una que tenía cierta lógica. Tal vez estaba allí por razones profesionales, tal vez lo había atraído para que la ayudara con el libro sobre Barbanegra. Griffin y ella tenían una cosa en común: ambos habían estado espiando, o estudiando, al famoso pirata.
En cualquier caso, no supo qué decir.
– Nunca había visto nada parecido – murmuró él.
Merrie se estremeció. Griffin acababa de cambiar de posición y casi estaba rozando uno de sus senos de forma inadvertida.
– ¿A qué te refieres? -preguntó ella, sin aliento.
– En realidad no lo sé. Era como un carruaje pero sin caballos, que se movía solo. Lo miré con detenimiento por si tenía velas, pero no las tenía.
– Ah, eso es un automóvil. Henri Ford los popularizó en 1903 y funcionan con un motor, aunque no podría explicarte cómo. La mecánica de un coche es un secreto para la mayoría de las personas.
– ¿Has montado alguna vez en un carruaje como ése?
– Tengo uno, pero lo dejo en el continente cuando estoy en la isla. Casi todo el mundo tiene coche en Estados Unidos. Hay poco transporte público y en algunas partes del país las carreteras tienen seis carriles y los coches van a toda velocidad.
– ¿A cuánta velocidad?
– El límite autorizado está en cien kilómetros por hora.
Griffin frunció el ceño con incredulidad.
– ¿Y eso no es peligroso para la gente? ¿Esa velocidad no les arranca los pulmones?
– No, en absoluto. De hecho, tenemos aviones que… bueno, es igual, olvídalo.
Meredith prefirió no seguir agobiándolo con información innecesaria.
– Yo no pertenezco a este tiempo -dijo él, sentándose en la cama. Ella asintió.
– Lo sé.
– Tengo que volver y terminar lo que empecé.
– ¿Tienes algo contra Barbanegra?
