
– Te creo.
Él se echó, pasó los brazos alrededor de su cintura y apoyó la cabeza en su regazo antes de cerrar los hombros.
– Te creo -repitió con suavidad-. Ahora, encuentra una forma de devolverme a mi época.
Meredith le acarició el cabello para animarlo; era largo y suave como la seda. Después, posó la mano en su frente y la dejó allí, disfrutando del cálido contacto de su piel.
– Debería haberte creído, pero pensé que habías perdido el juicio -continuó él-. Y ahora empiezo a creer que soy yo quien está loco.
– Sé cómo te sientes. Créeme, lo sé. Pero no hay otra explicación.
Meredith estaba tan confusa como él. No había sido un sueño. Estaba allí, era real y se encontraba atrapado en una época a la que no pertenecía. Por increíble e irracional que fuera, el destino o la naturaleza o alguna fuerza mayor que ambos lo había arrastrado a través de los siglos hasta Ocracoke, hasta ella. Y aunque no estaba acostumbrada a encontrarse en situaciones tan íntimas con un hombre, no sintió ningún miedo.
Sabía que no estaba allí para seducirla y sabía que lo único que sentía Griffin en ese momento era miedo. Se aferraba a ella, apretando la cara contra su cuerpo, como si fuera la única persona familiar en el mundo. Le parecía extraño que un hombre tan fuerte y fiero pudiera demostrar tal vulnerabilidad.
Lo acarició de nuevo. Tocarlo era algo natural, casi como si se conocieran desde siempre.
– ¿Por qué estoy aquí? -preguntó él.
– No lo sé -respondió ella.
Meredith intentó encontrar alguna explicación, la que fuera. Y entonces sintió una intensa punzada en el estómago que la obligó a tumbarse de nuevo y a quedarse mirando el techo del dormitorio.
Cabía la posibilidad de que no hubiera sido cosa del destino, sino culpa suya; a fin de cuentas se pasaba la vida tan envuelta en fantasías de piratas, que aquello no parecía casual. Pero, por otra parte, eso no significaba en modo alguno que hubiera sacado a aquel hombre de su tiempo y lo hubiera llevado, por caminos incomprensibles, al siglo XX.
