– Espero que te hayas lavado las manos -dijo Paulie Block, sentado tras el volante del Dodge y preguntándose quizá por qué Chester no había podido aliviarse antes como cualquier persona normal, en lugar de insistir en mear al pie de un árbol en medio del bosque cerca de la orilla dejando escapar todo el calor del coche al bajarse de él.

– Tío, hace frío -dijo Chester-. En la puta vida había estado en un sitio tan frío como éste. Ahí fuera casi se me congela el aparato. Si hiciese un poco más de frío, habría meado cubitos.

Paulie Block dio una larga calada al cigarrillo y observó el ascua mientras brillaba brevemente hasta quedar reducida a ceniza. Paulie Block, o «Tarugo», como su apellido muy bien indicaba, medía un metro noventa, pesaba ciento veinticinco kilos y tenía la cara igual que si la hubiesen utilizado para empujar trenes. Con su sola presencia, dentro del coche parecía faltar espacio. Bien mirado, hasta en el Giants Stadium parecería faltar espacio si Paulie Block se presentara en él.

Chester echó una ojeada al reloj digital del salpicadero, cuyos números verdes parecían suspendidos en la oscuridad.

– Llegan tarde -comentó.

– Vendrán -afirmó Paulie-. Vendrán.

Volvió a su cigarrillo y fijó la vista en el mar. Probablemente miraba despreocupado. No se veía nada, aparte de la negrura y las luces de Old Orchard Beach más allá. Junto a él, Chester Nash comenzó a jugar con una Game Boy.

Fuera el viento soplaba y las olas lamían rítmicamente la playa; el sonido de sus voces se propagaba sobre el terreno helado hasta donde los otros observaban y escuchaban.

– … El Sujeto Dos ha vuelto al vehículo. Tío, hace frío -dijo Dale Nutley, agente especial del FBI, repitiendo de manera inconsciente las palabras que acababa de oír pronunciar a Chester Nash. Tenía al lado un micrófono parabólico situado cerca de una pequeña grieta en la pared del cobertizo. Junto a éste, ronroneaba suavemente una grabadora Nagra activada por voz y una cámara de luz residual Badger Mk II permanecía atenta al Dodge.



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