
Nutley llevaba dos pares de calcetines, calzoncillos largos, pantalón vaquero, camiseta, camisa de algodón, suéter de lana, una cazadora de esquiador Lowe, guantes térmicos y una gorra gris de alpaca con dos pequeñas orejeras que caían sobre los auriculares y le protegían los oídos del frío. Sentado junto a él en un taburete alto, el agente especial Rob Briscoe pensaba que, con esa gorra de alpaca, Nutley parecía un pastor de llamas, o el cantante del grupo Spin Doctors. En cualquier caso, Nutley parecía un payaso con su gorra de alpaca y aquellas absurdas orejeras para protegerse los oídos del frío. El agente Briscoe, que tenía las orejas heladas, deseaba esa gorra de alpaca. Si el frío arreciaba más aún, siempre podía matar a su compañero Nutley y quitarle la gorra de su cabeza muerta.
El cobertizo se encontraba a la derecha del aparcamiento de Ferry Beach y permitía a sus ocupantes ver con claridad el Dodge. Detrás, un camino privado discurría a lo largo de la orilla hacia una de las casas de veraneo de Prouts Neck. Ferry Road, una tortuosa carretera, comunicaba el aparcamiento con Black Point Road, y ésta, a su vez, llevaba hasta Oak Hill y Portland en dirección norte y hasta Black Point en dirección sur. Hacía apenas dos horas habían aplicado una capa de pintura reflectante a las ventanas del cobertizo a fin de impedir que alguien viese a los agentes desde fuera. Y cuando Chester Nash intentó escudriñar el interior por la ventana y tanteó los cerrojos de las puertas antes de apresurarse a regresar al Dodge, se produjeron unos instantes de tensión.
Por desgracia, el cobertizo no tenía calefacción, o si la tenía, no funcionaba, y el FBI no había considerado oportuno proporcionar un calefactor a los dos agentes. En consecuencia, Nutley y Briscoe no habían pasado tanto frío en su vida. Al tocarlos, los tablones desnudos del cobertizo estaban gélidos.
