
– Me voy -contestó. Habló en voz baja pero con total determinación, como si no hubiese nada de extraño en que una mujer de sesenta años pretendiera marcharse de una residencia para la tercera edad en el norte de Maine sin más ropa que un camisón y un abrigo barato una noche en que los partes meteorológicos pronosticaban más nieve, que se sumaría a la capa helada de quince centímetros ya acumulada. Judd no se explicaba cómo aquella mujer había conseguido pasar inadvertida ante el puesto de enfermeras, y menos aún llegar casi hasta la puerta principal de la residencia. Algunos de aquellos viejos eran listos como zorros, pensó Judd. En cuanto se les daba un momento la espalda desaparecían, camino de las montañas o de su antigua casa o para casarse con un amante que había muerto hacía treinta años.
– Ya sabe que no puede marcharse -dijo Judd-. Vamos, vuélvase a la cama. Voy a llamar a una enfermera, así que quédese ahí y enseguida vendrá alguien a ocuparse de usted.
Ella dejó de abrocharse el abrigo y miró de nuevo a Oliver Judd. En ese momento Judd percibió por primera vez que la mujer estaba aterrada: tenía un miedo auténtico y cerval por su vida. Judd lo supo aunque no habría podido decir por qué, excepto, quizá, porque algún primitivo sexto sentido se había activado en él al acercarse la mujer. En sus ojos desorbitados se advertía una mirada suplicante y las manos le temblaban ahora que ya no las tenía ocupadas con los botones. Estaba tan asustada que el propio Judd empezó a experimentar cierto nerviosismo. De pronto la anciana habló.
