
– ¿Cuánto tiempo llevamos aquí? -preguntó Nutley.
– Dos horas -contestó Briscoe.
– ¿Tienes frío?
– Pero ¿qué estupideces dices? Estoy cubierto de escarcha. Claro que estoy muerto de frío, joder.
– ¿Por qué no te has traído una gorra? -preguntó Nutley-. ¿Es que no sabes que la mayor parte del calor corporal se pierde por lo alto de la cabeza? Tendrías que haberte traído una gorra. Por eso estás helado. Tendrías que haberte traído una gorra.
– ¿Sabes una cosa, Nutley? -dijo Briscoe.
– ¿Qué?
– Te odio.
A sus espaldas, la grabadora activada por voz ronroneaba suavemente, registrando la conversación de los dos agentes a través de los micrófonos prendidos a sus cazadoras. Debía grabarse todo, ésa era la norma en aquella operación: todo. Y si eso incluía el odio de Briscoe hacia Nutley por la gorra de alpaca, pues que se grabase.
El guarda de seguridad, Oliver Judd, la oyó antes de verla: arrastraba los pies con un sonido sordo por el suelo enmoquetado y hablaba sola en susurros mientras andaba. A pesar suyo, Judd se levantó en su habitáculo y se apartó del televisor y del calefactor que le lanzaba un chorro de aire caliente a los dedos de los pies. Fuera reinaba una quietud que auguraba más nieve. Al menos no soplaba el viento, y eso ya era algo. El tiempo pronto empeoraría -como siempre en diciembre-, pero allí, tan al norte, empeoraba antes que en cualquier otra parte. Vivir en la zona norte de Maine a veces no tenía maldita la gracia.
Se dirigió a ella rápidamente.
– ¡Eh, señora, señora! ¿Qué hace levantada de la cama? Va a pillar una pulmonía de muerte.
La anciana se sobresaltó al oír la última palabra y miró a Judd por primera vez. Era flaca y menuda pero conservaba un porte erguido, cosa que le confería un aspecto imponente entre las personas recluidas en la residencia de ancianos Santa Marta.
