– No te asustes. Lo único que quiero de ti es un cheque.

Lo recibió.

Una vez al año durante cuatro años.

También recibió la lección: YOYO.

Estás más solo que la una.

Una buena lección, porque la DEA le envió a Culiacán prácticamente solo. «Hazte una idea del terreno», le dijo Taylor al principio de la retahila de tópicos, que también incluyó «En la vida hay que mojarse», «Tómatelo con calma» y, aunque parezca mentira, «No prepararse es prepararse para fracasar».

También debería haber incluido «Y vete a tomar por el culo», porque ese era el mensaje fundamental. Taylor y los polis le aislaron por completo, le ocultaron información, no le presentaron a sus contactos, le excluyeron de las reuniones con los polis mexicanos, no le incluyeron en las charlas de las mañanas, con café y donuts, ni en las sesiones de cerveza vespertinas, cuando se transmitía la verdadera información.

Le jodieron desde el comienzo.

Los mexicanos no iban a hablar con él porque, al ser un yanqui en Culiacán, solo podía ser dos cosas: un traficante de drogas o un soplón. No era traficante de drogas porque no compraba nada (Taylor no le daba dinero; no quería que Art jodierá algo que ya estaba en marcha), por lo tanto, tenía que ser un soplón.

Los policías de Culiacán no querían saber nada de él porque era un soplón yanqui que debería quedarse en casa y ocuparse de sus asuntos, y además, la mayoría estaban a sueldo de don Pedro Avilés. Los polis estatales de Sinaloa no trataban con él por los mismos motivos, partiendo de que, si la propia DEA no trabajaba con él, ¿por qué iban a hacerlo ellos?

Al equipo no le iba mucho mejor.

La DEA llevaba dando la matraca al gobierno mexicano desde hacía dos años, con la intención de que actuaran contra los gomeros. Los agentes aportaban pruebas (fotos, cintas, testigos), pero solo conseguían que los federales prometieran actuar en el acto, y cuando no lo hacían tenían que escuchar: «Esto es México, señores. Estas cosas necesitan tiempo».



13 из 619