
Mientras las pruebas maduraban, los testigos se asustaban y los federales cambiaban de puesto, de manera que los norteamericanos tenían que empezar de nuevo con un poli federal diferente, quien les decía que aportaran pruebas sólidas y le presentaran testigos. Cuando lo hacían, les miraban con perfecta condescendencia y les decían: «Esto es México, señores. Estas cosas necesitan tiempo».
Mientras la heroína descendía desde las colinas e inundaba Culiacán como barro en el deshielo primaveral, los jóvenes gomeros peleaban contra las fuerzas de don Pedro cada noche, hasta que a Art la ciudad le parecía Danang o Saigón, solo que con muchos más tiroteos.
Noche tras noche, Art yacía en la cama de su habitación del hotel, bebía whisky escocés barato, tal vez veía un partido de fútbol o un combate de boxeo en el televisor, se cabreaba y se compadecía de sí mismo.
Y echaba de menos a Althie.
Dios, cómo echaba de menos a Althie.
Había conocido a Althea Patterson en Bruin Walk, durante el último curso, y se había presentado con una frase poco convincente.
– ¿No estamos en la misma sección de policía científica?
Alta, delgada y rubia, Althea era más angulosa que curvilínea. Su nariz era larga y ganchuda, la boca un poco demasiado grande, y sus ojos verdes estaban un poco hundidos para ser considerada una belleza clásica, pero Althea era guapa.
E inteligente. Estaban en la misma sección de policía científica, y él la oía hablar en clase. Defendía su punto de vista (un poco a la izquierda de Emma Goldman) con ferocidad, y eso también le excitaba.
Fueron a comer una pizza, y después fueron al apartamento de ella en Westwood. Preparó café, hablaron, y él descubrió que era una chica rica de Santa Bárbara, de una familia californiana de rancio abolengo, y que su padre era un pez gordo del Partido Demócrata del estado.
