Sonó la campana.

Un montón de dinero cambió de manos cuando Art se levantó del taburete.

Tocó los guantes con los del chico para el último asalto, le miró a los ojos y vio al instante que había herido su orgullo. Mierda, pensó Art, no era mi intención. Controla tu ego, capullo, y ni se te ocurra ganar.

No tendría que haberse preocupado.

Con independencia de lo que los hermanos le hubieran aconsejado al chico entre asalto y asalto, se amoldó a su estilo, moviéndose sin cesar a su izquierda, en la dirección de su golpe, con las manos altas, golpeando a Art a placer, para luego apartarse.

Art se movía hacia delante y golpeaba al aire.

Se detuvo.

Se quedó en el centro del cuadrilátero, sacudió la cabeza, rió e indicó por señas al chico que se acercara.

Al público le encantó.

Al chico le encantó.

Se encaminó arrastrando los pies al centro del cuadrilátero y empezó a lanzar puñetazos sobre Art, que los paraba como mejor podía sin dejar de cubrirse. Art devolvía un golpe cada pocos segundos, y el chico volvía a machacarle.

El chico no quería dejarle inconsciente. Se le había pasado la rabia. Solo estaba entrenando, siguiendo la rutina de los ejercicios y demostrando que podía golpear a Art cuando quisiera, ofreciendo a la multitud el espectáculo que deseaba. Al final, Art dobló una rodilla, con los guantes pegados a la cabeza y los codos hundidos en las costillas, con el fin de recibir la mayor parte de los golpes en los guantes y los brazos.

Sonó la campana final.

El chico levantó a Art y se abrazaron.

– Algún día serás campeón -dijo Art.

– Has estado bien -dijo el chico-. Gracias por el combate.

– Tienes un buen luchador -dijo Art a Little Brother, mientras le quitaban los guantes.

– Vamos a por todas -dijo Little Brother. Extendió la mano-. Me llamo Adán. Este es mi hermano Raúl.



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