– Solo estoy comprobando desde dónde sopla el aire, perra.

Se quedó sin aire a los cinco segundos del segundo asalto. Un gancho con la izquierda al hígado logró que Art hincara una rodilla. Tenía la cabeza gacha, y de su nariz manaban sangre y sudor. Jadeaba en busca de aire, y por el rabillo de sus ojos anegados en lágrimas vio que, entre la multitud, había hombres intercambiando dinero, y oyó que el hermano pequeño contaba hasta diez en tono concluyente.

Que os den por el culo a todos, pensó Art.

Se levantó.

Oyó maldiciones procedentes de la multitud, gritos de ánimo de algunos pocos.

Vamos, Art, se dijo. Recibir una paliza no va a servirte de nada. Tienes que plantar cara un poco. Neutraliza la velocidad de la mano del chico, no le dejes lanzar puñetazos con tanta facilidad.

Se arrojó hacia delante.

Recibió tres golpes fuertes, pero siguió adelante y acorraló al muchacho contra las cuerdas. Con los pies trabados, empezó a lanzar golpes breves y cortantes, insuficientes para hacer daño, pero que obligaron al chico a cubrirse. Después, Art se agachó, le golpeó dos veces en las costillas, se inclinó hacia delante y le inmovilizó.

Tómate unos segundos de descanso, pensó Art, recibe un golpe. Apóyate contra el chico, cánsale un poco. Pero incluso antes de que Little Brother pudiera llegar para romper el clinch, el chico se deslizó bajo los brazos de Art, giró en redondo y le alcanzó dos veces en la cabeza.

Art siguió avanzando.

Recibió golpes todo el rato, pero era Art el agresor, y esa era la cuestión. El chico estaba retrocediendo, bailando, golpeándole a voluntad, pero retrocediendo. Bajó las manos y Art lanzó la izquierda contra su pecho, forzando que retrocediera de nuevo. El chico parecía sorprendido, así que Art lo repitió.

Entre asalto y asalto, los dos hermanos estaban demasiado ocupados azuzando a su boxeador para que propinara una paliza a Art. Este agradecía los descansos. Un asalto más, pensó. Dejadme superar otro asalto.



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