Era la idea del fracaso.

No dejes que te noqueen, oblígales a noquearte. Oblígales a romperse las putas manos para noquearte, infórmales de que están peleando, dales algo para que se acuerden de ti cada vez que se miren en el espejo.

Volvió al gimnasio.

– ¡Qué noche brutal -dijo a Adán-. Me mata la cabeza.

– Pero gozamos.

Ya lo creo que nos lo pasamos bien, pensó Art.Tengo la cabeza hecha una mierda.

– ¿Cómo está el Leoncito?

– ¿César? Mejor que tú -dijo Adán-.Y mejor que yo.

– ¿Dónde está Raúl?

– Echando un polvo, seguramente -dijo Adán-. Es el coño ese. ¿Quieres una cerveza?

– Sí, joder.

Dios, qué bien sabía. Art tomó un sorbo largo y maravilloso, y después apoyó la botella fría contra su mejilla hinchada.

– Estás hecho una mierda -dijo Adán.

– ¿Tanto?

– Casi.

Adán hizo una seña al camarero y pidió un plato de embutidos. Los dos hombres se sentaron a una mesa de la terraza y vieron desfilar el mundo ante sí.

– Así que eres un agente de la brigada de narcóticos -dijo Adán.

– Ese soy yo.

– Mi tío es poli.

– ¿No quieres seguir la tradición familiar?

– Soy contrabandista -dijo Adán.

Art enarcó una ceja. Le dolió.

– Téjanos -dijo Adán, y rió-. Mi hermano y yo vamos a San Diego, compramos téjanos y los pasamos clandestinamente por la frontera. Los vendemos libres de impuestos en la parte trasera de un camión. Te sorprendería saber cuánto dinero se gana.

– Pensaba que ibas a la universidad. ¿Qué era?, ¿contabilidad?

– Hay que tener algo que contar -dijo Adán.

– ¿Tu tío sabe lo que haces para pagarte las cervezas?

– Tío lo sabe todo -dijo Adán-. Cree que es frivolo. Quiere que me dedique a algo «serio». Pero el negocio de los téjanos es bueno. Aporta algo de dinero hasta que lo del boxeo despegue. César será campeón. Ganaremos millones.



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