Un cuerpo yace paralelo al muro opuesto. Un anciano, el jefe de la familia. Debió de ser el último en morir, piensa Art. Obligado a contemplar el asesinato de su familia, y después ejecutado. ¿Misericordiosamente?, se pregunta Art. ¿Una especie de retorcida compasión? Pero, entonces, repara en las manos del viejo. Le han arrancado las uñas, y cortado los dedos después. La boca todavía está abierta en un chillido petrificado, y Art ve los dedos embutidos contra su lengua.

O sea, sospechaban que alguien de su familia era un dedo, un informador.

Porque yo les hice creerlo.

Que Dios me perdone.

Registra los cuerpos hasta encontrar el que busca.

Cuando lo hace, se le revuelve el estómago y tiene que reprimir las náuseas, porque han despellejado la cara del joven como si fuera una banana. Las tiras de carne cuelgan obscenamente de su cuello. Art espera que se lo hicieran después de dispararle, pero sabe que no es así.

Le han volado la mitad inferior del cráneo.

Le dispararon en la boca.

A los traidores se les dispara en la nuca, a los informadores en la boca.

Pensaban que era él.

Eso era exactamente lo que querías que pensaran, se dice Art. Afróntalo: salió tal como habías planeado.

Pero nunca me imaginé esto, piensa. Nunca pensé que harían esto.

– Tenía que haber criados -dice Art-. Obreros.

La policía ya ha inspeccionado las dependencias de los obreros.

– No había nadie -dice un poli.

Desaparecidos. Desvanecidos.

Se obliga a mirar de nuevo los cadáveres.

Es culpa mía, piensa Art.

Yo he provocado su desgracia.

Lo siento, piensa Art. Lo siento muchísimo. Se inclina sobre la madre y el niño, hace la señal de la cruz y susurra:



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