
– Gracias, pero ya he vuelto.
Asintió, pero no hizo ningún gesto que diera por terminada la conversación. Yo sabía que me había llamado por algo más.
– Bueno, pues a trabajar. ¿Tienes algo entre manos? Por lo que recuerdo, estabas buscando un nuevo proyecto cuando… cuando ocurrió. Me imagino que si estás de vuelta lo mejor será que estés ocupado en algo. Ya sabes, otra vez a sumergirse.
Fue en ese momento cuando supe lo que iba a hacer a continuación. Bueno, de hecho era algo que estaba en mi cabeza. Pero no había salido a la superficie hasta que Glenn me planteó la cuestión. Entonces, por supuesto, resultó obvio.
– Vo y a escribir sobre mi hermano -le dije.
No sé si era eso lo que Glenn esperaba que le dijese, pero creo que sí. Creo que le había echado el ojo a la historia desde que se enteró de que los polis habían venido a buscarme a la sala de espera para contarme lo que había hecho mi hermano. Probablemente era lo bastante sagaz para saber que no me tendría que sugerir ese reportaje, que se me ocurriría a mí mismo. Le bastó con plantearme una simple pregunta.
En cualquier caso, mordí el anzuelo. Y eso cambió toda mi vida. Con la misma claridad con que se puede trazar la línea de la vida en retrospectiva, la mía cambió con aquella frase, en el momento en que le dije a Glenn lo que iba a hacer. Por entonces creía que sabía algo acerca de la muerte. Creía que sabía algo sobre el mal. Pero no sabía nada.
Los ojos de William Gladden escrutaban las caras felices que iban pasando ante él. Era como una gigantesca máquina expendedora: escoja a su gusto. ¿No le gusta éste? Ahí viene otra. ¿Ésta sí?
Esta vez, no podría ser. Los padres estaban demasiado cerca. Tenía que esperar a que, en un momento dado, uno de ellos cometiera un error, saliese al muelle o se acercase a la ventanilla del puesto de chucherías a por una nube de azúcar, dejando sola a su preciosidad.
