
Me senté en el sillón acolchado que había ante su escritorio, mientras él acababa una conversación telefónica. Glenn tenía unos cinco años más que yo. Cuando entré en el Rocky, diez años atrás, él era uno de los reporteros estrella, como yo ahora. Pero, finalmente, entró a formar parte de la dirección. Ahora iba siempre de traje, tenía sobre la mesa una de esas estatuillas de un futbolista de los Broncos que movía la cabeza, pasaba más tiempo al teléfono que en cualquier otra actividad y estaba siempre atento a los vientos políticos que soplaban desde la oficina central de la empresa en Cincinnati. Era un cuarentón con barriga, mujer, dos hijos y un buen sueldo que no alcanzaba para comprar una casa en el barrio en el que su esposa quería vivir. Me lo había contado todo tomando una cerveza en el Wynkoop, la única noche que habíamos salido juntos en los últimos cuatro años.
Clavadas en una pared del despacho de Glenn estaban las portadas de los últimos siete días. Lo primero que hacía cada día era quitar la más antigua y poner la última. Supongo que lo hacía para seguir el rastro de las noticias y la continuidad de su cobertura. O quizá porque, como ya no firmaba nunca nada, el poner las páginas allí era un modo de recordarse a sí mismo que era el responsable. Glenn colgó el teléfono y me miró.
– Gracias por venir -me dijo-. Sólo quería decirte otra vez que siento lo de tu hermano. Y que si quieres tomarte más tiempo, no hay ningún problema. Nos apañaremos.
