
– Ya sabéis, se dará cuenta enseguida -les dije.
– Es probable -dijo Wexler-. Siempre lo hacen.
Comprendí que ellos ya contaban con que se daría por enterada nada más abrir la puerta. Eso haría más fácil su
trabajo.
Hinqué la barbilla en el pecho y hundí los dedos bajo las gafas para estrujarme el puente de la nariz. Me había convertido en un personaje más de una de mis propias historias, exhibía los detalles de pena y dolor que tanto me costaba elaborar cuando quería conseguir para el periódico un reportaje que tuviera garra. En ese momento, yo era uno de los detalles de aquella historia.
Me invadió un sentimiento de vergüenza cuando pensé en todas las llamadas que había hecho a una viuda o a los padres de un chico muerto. O al hermano de un suicida. Sí, también lo había hecho. Creo que no había ningún tipo de muerte sobre el que no hubiera escrito, que no me hubiera llevado a merodear como un intruso en la pena de alguien.
¿Cómo se siente? Palabras dignas de un reportero. Ésa era siempre la primera pregunta. Si no tan directa, sí cuidadosamente camuflada entre palabras que deseaban transmitir simpatía y comprensión… unos sentimientos que, en realidad, yo no experimentaba. Conservo un recuerdo de uno de esos trances. Una leve cicatriz blanca que me cruza la mejilla izquierda justo por encima de la barba. Me la hizo el diamante del anillo de compromiso de una mujer cuyo novio había muerto arrollado por un alud cerca de Breckenridge. Le presenté el paño de lágrimas de costumbre y ella me respondió cruzándome la cara de un revés. Era en mis tiempos de novato y pensé que me había equivocado. Ahora llevo la cicatriz como un policía lleva su placa.
– Será mejor que pares el coche -dije-. Estoy a punto de marearme.
Wexler metió el coche en el arcén de la autopista de un volantazo. Patinamos un poco sobre el hielo ennegrecido, pero enseguida recuperó el control. Antes de que el coche se hubiera detenido por completo intenté desesperadamente abrir la puerta, pero la manilla no funcionaba. Había olvidado que era un coche de policía, y los pasajeros que solían ir detrás eran sospechosos o detenidos. Las puertas traseras tenían un dispositivo de bloqueo que se controlaba desde la parte delantera.
