– La puerta -acerté a decir con voz estrangulada.

El coche se detuvo al fin dando una sacudida, mientras Wexler desactivaba el bloqueo de seguridad. Abrí la puerta, me asomé y vomité sobre la sucia aguanieve. Tres vómitos abundantes desde el fondo de las entrañas. Seguí inmóvil medio minuto, esperando que hubiera más, pero no. Estaba vacío. Pensé en el asiento trasero del coche. Para detenidos y sospechosos. Y supuse que en aquel momento yo era ambas cosas. Sospechoso como hermano de la víctima. Prisionero de mi amor propio. Y la condena, claro, sería la perpetua.

Estos pensamientos desaparecieron rápidamente con el alivio que me proporcionó el exorcismo físico. Me aparté con cuidado del coche y di unos pasos hasta el borde del asfalto, donde las luces de los coches que pasaban levantaban reflejos irisados sobre la capa de carburante helado que cubría la nieve de febrero. Al parecer nos habíamos parado en medio de un prado, pero yo no sabía dónde. No había prestado atención e ignoraba la distancia que nos separaba de Boulder. Me quité los guantes y las gafas y los metí en los bolsillos de la chaqueta. Después me agaché y cavé con las manos en la sucia superficie nevada hasta alcanzar la nieve blanca y pura. Cogí dos puñados del frío y limpio polvo, me los estampé en la cara y me froté la piel hasta que me dolió.

– ¿Estás bien? -me preguntó St. Louis.

Me había sorprendido con su estúpida pregunta. Era lo mismo que aquel «¿Cómo se siente?». No le hice ni caso.

– Vamos -dije.

Volvimos al coche y Wexler, sin decir palabra, volvió a encarrilado en la autopista. Vi un indicador de la salida de Broomfield y de este modo supe que estábamos hacia la mitad del camino. Me crié en Boulder y había recorrido mil veces los casi cincuenta kilómetros hasta Denver, pero en esta ocasión el trayecto me parecía discurrir por tierra extraña.



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