
Volvía a casa después de una boda. No había sido el acontecimiento social de la década, como ella suponía que sería la boda de un conde con su amada de toda la vida. Antes al contrario, se había reducido a una sencilla ceremonia en una pequeña iglesia cercana a la casa de Beigravia del conde. Y en lugar de aristócratas vestidos de punta en blanco, los invitados habían sido los amigos más íntimos del conde, junto con unos pocos compañeros de Scotland Yard. Barbara Havers se incluía en este grupo. A veces prefería pensar que constaba en la nómina de los primeros.
Tras arduas reflexiones, Barbara pensó que tendría que haber esperado del inspector Thomas Lynley el tipo de boda discreta que lady Helen Clyde y él habían preferido. Él había intentado dejar de lado su faceta de lord Asherton desde que Barbara le conocía, y lo último que habría deseado a modo de esponsales hubiese sido una ceremonia ostentosa y abarrotada de aristócratas ricachos. En cambio, dieciséis invitados profundamente antiaristócratas se habían congregado para presenciar los esponsales de Lynley y Helen, tras lo cual todos habían recalado en La Tante Claire de Chelsea, donde se habían zampado una variedad de canapés, champán, una comida tardía y más champán.
Una vez celebrados los brindis, y la pareja partida en dirección a una luna de miel cuyo destino se negaron a revelar entre carcajadas, los invitados se dispersaron. Barbara se quedó un rato en la acera calcinada por el sol de Royal Hospital Road e intercambió unas palabras con los demás invitados, entre los cuales se encontraba el padrino de Lynley, un especialista forense llamado Simón St. James. En el mejor estilo inglés, primero hablaron del tiempo. Según el grado de tolerancia del interlocutor hacia el calor, la humedad, el smog, los gases de escape, el polvo y el fulgor deslumbrante, la atmósfera fue definida como maravillosa, horrible, bendita, espantosa, deliciosa, agradable, insufrible, celestial o infernal. Se declaró hermosa a la novia. El novio era apuesto. La comida era exquisita. Después se produjo un silencio general, que el grupo aprovechó para decidir entre dos alternativas: seguir hablando de banalidades o despedirse.
