
El grupo se dividió. Barbara se quedó con St. James y su mujer Deborah. Los dos se estaban licuando bajo el implacable sol. Él se secó la frente con un pañuelo y ella se abanicó afanosamente con un antiguo programa de teatro que había desenterrado de su enorme bolso de paja.
– ¿Quieres venir con nosotros a casa, Barbara? -preguntó-. Vamos a sentarnos en el jardín durante el resto del día, y pienso pedir a papá que nos duche con la manguera.
– Eso sería fantástico -dijo Barbara. Se secó la piel en el punto donde el sudor había humedecido el cuello de su blusa.
– Estupendo.
– Pero no puedo. La verdad, estoy hecha polvo.
– Muy comprensible -dijo St. James-. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
– Qué estúpida soy -se apresuró a añadir Deborah-. Lo siento, Barbara. Me había olvidado por completo.
Barbara lo puso en duda. Los vendajes que cubrían su nariz y los morados de su cara, por no mencionar el diente delantero roto, imposibilitaban que alguien pasara por alto el hecho de que había estado unos días en el hospital. Deborah era demasiado educada para reparar en ello.
– Dos semanas -contestó Barbara.
– ¿Cómo va el pulmón?
– Funciona.
– ¿Y las costillas?
– Sólo duelen cuando me río.
St. James sonrió.
– ¿Vas a tomarte un permiso?
– Órdenes son órdenes. No puedo volver hasta que el médico me dé el alta.
– Lo siento mucho -dijo él-. Fue un caso de mala suerte.
– Sí, ya.
Barbara se encogió de hombros. Había resultado herida en el cumplimiento del deber, la primera vez que asumía la responsabilidad de una parte de la investigación. No quería hablar de ello. Su orgullo había recibido un golpe tan grave como su cuerpo.
