
– ¿Qué vas a hacer? -preguntó St. James.
– Huir del calor -le aconsejó Deborah-. Vete a las Highlands. Vete a los lagos. Vete a la playa. Ojalá pudiera hacerlo yo.
Barbara caviló las sugerencias de Deborah mientras subía por Sloane Street. La orden final del inspector Lynley al concluir la investigación había sido que se tomara unas vacaciones, y había repetido dicha orden en la breve conversación que habían mantenido después de la ceremonia.
– Lo he dicho en serio, sargento Havers -le recordó-. Se merece un descanso, y quiero que se lo tome. ¿Me he expresado con suficiente claridad?
– Sin lugar a dudas, inspector.
Pero lo que no estaba claro era qué iba a hacer durante su forzado permiso. Un período lejos de su trabajo confundía a una mujer que mantenía a raya su vida privada, su psique herida y sus sentimientos con el fin de no disponer de tiempo para atenderlos. En el pasado había utilizado sus vacaciones del Yard para cuidar de la precaria salud de su padre. Después de su muerte había empleado las horas libres en hacer frente a la enfermedad mental de su madre, la renovación y venta del hogar familiar, y el traslado a su vivienda actual. Ahora no quería tener tiempo libre. La sola sugerencia de un período libre de minutos que se convirtieran en horas, luego en días y después en semanas… Sólo de pensarlo, sus palmas se cubrieron de sudor. El dolor se propagó a sus codos. Cada fibra de su cuerpo menudo y regordete empezó a chillar «Ataque de angustia».
Mientras se abría paso entre el tráfico y parpadeaba para defenderse de las partículas de hollín que habían entrado por la ventanilla, arrastradas por el aire bochornoso, se sintió como una mujer al borde del abismo. Un abismo sin límites. El letrero que lo anunciaba contenía las temibles palabras «tiempo libre». ¿Qué iba a hacer? ¿Adonde iría? ¿Cómo llenaría las horas interminables? ¿Leería novelas románticas? ¿Lavaría las tres únicas ventanas de su casa? ¿Aprendería a planchar, a hornear, a coser? ¿No sería mejor licuarse bajo el sol? Ese jodido calor, ese abyecto calor, ese atosigante, insufrible abominable calor, ese…
