
Al cabo de un momento, después del pitido y el anuncio de la hora, otro mensaje de la misma voz:
«Hola. Soy Khalidah Hadiyyah. Tu vecina. La de delante de tu casa. El piso de la planta baja. Aún tengo ganas de ir a tomar un helado. ¿Y tú? Llámame, por favor. Si puedes, quiero decir. Yo invito. Invito porque he ahorrado.»
– ¿Habrías sabido quién era? -preguntó la niña-. ¿Di suficientes explicaciones para que supieras quién era? No sabía muy bien qué decir, pero me pareció suficiente.
– Lo has hecho muy bien -dijo Barbara-. Me ha gustado lo del piso de la planta baja. Me va bien saber dónde puedo encontrar tu dinero cuando lo necesite para comprar cigarrillos.
Hadiyyah lanzó una risita.
– ¡Tú no harías eso, Barbara Havers!
– No me pongas a prueba, mocosa -repuso Barbara.
Fue a la mesa y buscó el paquete de Players que guardaba en el bolso. Encendió un cigarrillo y dio un respingo cuando sintió una punzada en el pulmón.
– Eso es malo para ti -comentó Hadiyyah.
– Ya me lo habías dicho antes.
Barbara dejó el cigarrillo en el borde de un cenicero, en el que había ocho colillas apagadas.
– Si no te importa, Hadiyyah, he de desembarazarme de esta parafernalia. Estoy que ardo.
La niña no pareció captar la indirecta y se limitó a asentir.
– Tienes calor. Se te ha puesto la cara colorada. -Se retorció sobre la cama para ponerse más cómoda.
– Bueno, estamos entre chicas, ¿no? -suspiró Barbara.
Se acercó al armario, se quitó el vestido por la cabeza y exhibió su pecho vendado.
– ¿Has tenido un accidente?
– Sí, más o menos.
– ¿Te has roto algo? ¿Por eso vas vendada?
– La nariz y tres costillas.
– Debe de doler muchísimo. ¿Aún te duele? ¿Quieres que te ayude a cambiarte la ropa?
