
Estos objetivos habían parecido posibles en un tiempo. Había trabajado bien, temprano cada día, y hecho horas extra sin cobrar. Se había aprendido los nombres de todos sus compañeros e incluso había llegado a memorizar los nombres de sus esposas e hijos, que no era moco de pavo. Y en pago a todos estos esfuerzos había recibido una fiesta de despedida en la oficina, regada con Squash tibio, y una caja de pañuelos de un supermercado Tie Rack.
Había intentado prevenir e incluso impedir lo inevitable. Había enumerado el celo de los servicios prestados a la empresa y la buena disposición que suponía no haber buscado otro empleo mientras ocupaba su puesto interino. Había buscado un compromiso, ofreciéndose a trabajar por un salario inferior, y al final había suplicado que no le echaran.
Para lan, la humillación de rebajarse ante sus superiores no significaba nada si eso le permitía conservar su empleo. Porque conservar su empleo significaba que seguiría pagando la hipoteca de su nueva casa. Asegurado esto, Anita y él podrían perseverar en sus esfuerzos para dar un hermanito a Mikey, y Ian no tendría que enviar a su mujer a trabajar. Más importante aún, no tendría que ver el desprecio en los ojos de Anita al informarle que había perdido otro trabajo.
– Es la asquerosa recesión, cariño -le había dicho-. Parece que no tiene fin. La prueba de fuego de nuestros padres fue la Segunda Guerra Mundial. Esta recesión es la nuestra.
Los ojos de Anita habían expresado con ironía «No me vengas con monsergas. Tú ni siquiera conociste a tus padres, Ian Armstrong», pero lo que dijo, con una cordialidad inapropiada y por tanto ominosa, fue:
