– Hace tiempo que no voy -contestó Barbara.

Hadiyyah se precipitó hacia ella.

– ¿Por qué no vienes con nosotros? ¿Por qué no vienes? ¡Sería muy divertido!

– No creo que…

– Ya lo creo que sí. Haríamos castillos en la arena y nos bañaríamos. Jugaríamos a «tú la llevas». Correríamos por la playa. Si consiguiésemos una cometa, hasta podríamos…

– Hadiyyah, ¿ya has conseguido decir lo que querías?

La niña enmudeció al instante y se volvió hacia la puerta. Su padre estaba en el umbral y la observaba con seriedad.

– Dijiste que sólo necesitarías un minuto -siguió el hombre-. Y hay un momento en que una breve visita a una amiga se convierte en un abuso de su hospitalidad.

– No me está molestando -dijo Barbara.

Taymullah Azhar pareció verla, más que reparar en su presencia, por primera vez. Enderezó los hombros, el único indicio de su sorpresa.

– ¿Qué te ha pasado, Barbara? -preguntó en voz baja-. ¿Has tenido un accidente?

– Barbara se ha roto la nariz -informó Hadiyyah, y se acercó a su padre. El brazo de él la rodeó por el hombro-. Y tres costillas. Está toda vendada, papá. Le dije que debería venir con nosotros a la playa. Le sentaría bien, ¿no crees?

El rostro de Azhar se ensombreció ante aquella sugerencia.

– Una invitación muy amable, Hadiyyah -se apresuró a decir Barbara-, pero mis días de ir a la playa están completamente kaput. ¿Un viaje repentino? -preguntó al padre.

– Recibió una llamada telefónica… -empezó la niña.

– Hadiyyah -interrumpió Azhar-, ¿ya te has despedido de tu amiga?

– Le dije que no sabíamos lo del viaje hasta que entraste y dijiste…

Barbara vio que la mano de Azhar apretaba el hombro de su hija.

– Has dejado la maleta abierta sobre tu cama -dijo-. Ve a ponerla en el coche ahora mismo.

Hadiyyah bajó la cabeza, obediente.



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