– Adiós, Barbara -dijo, y salió por la puerta. Su padre dedicó una leve reverencia a Barbara e hizo ademán de seguirla.

– Azhar -dijo ella. El hombre se volvió-. ¿Quieres un cigarrillo antes de irte? -Extendió el paquete y le miró a los ojos-. ¿Uno para el camino?

Vio que Azhar sopesaba los pros y los contras de quedarse unos minutos más. No habría intentado retenerle de no haber parecido tan ansioso por impedir que su hija hablara del viaje. De pronto, la curiosidad de Barbara se despertó. Como él no contestó, decidió que valía la pena sondear.

– ¿Alguna noticia de Canadá? -preguntó a modo de coacción, pero se detestó en cuanto lo dijo.

La madre de Hadiyyah había estado de vacaciones en Ontario durante las ocho semanas transcurridas desde que Barbara había conocido a padre e hija. Cada día, Hadiyyah había examinado el correo en busca de cartas o postales, además de un regalo de cumpleaños, que nunca llegaban.

– Lo siento -se disculpó Barbara-. No debí haberlo preguntado.

La cara de Azhar seguía como de costumbre: la más indescifrable que Barbara había visto jamás en un hombre. Tampoco le importaba dejar que el silencio se prolongara entre los dos. Barbara lo soportó hasta que no pudo más.

– Lo siento, Azhar. Me he pasado. Siempre me paso. Soy una especialista en pasarme. Toma un cigarrillo. La playa seguirá en su sitio si te vas cinco minutos más tarde de lo que habías planeado.

Azhar cedió, pero poco a poco. Seguía en guardia cuando cogió el paquete y sacó un cigarrillo. Mientras lo encendía, Barbara utilizó su pie descalzo para apartar la otra silla de la mesa. El hombre no se sentó.

– ¿Problemas? -preguntó.

– ¿Por qué lo dices?

– Una llamada telefónica, un repentino cambio de planes. En mi profesión eso sólo significa una cosa: sea cual sea la noticia, no es buena.

– En tu profesión -subrayó Azhar.

– ¿Y en la tuya?

El hombre se llevó el cigarrillo a la boca y dijo:



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