
Michael recordó de pronto por qué había dejado de salir con Deborah. Ja, ja. Una mirada a Beth le bastó para comprobar que se sentía tan incómoda como él con aquella conversación.
– ¿Habéis venido a hablar conmigo o con la madre del bebé? -preguntó.
Las tres mujeres parecieron avergonzadas.
– He venido a recoger unos papeles del hospital -contestó Deborah, volviéndose a continuación hacia Beth-. ¿Has rellenado todo lo que te di?
Michael se pasó una mano por el pelo mientras Beth recogía unos papeles de la mesilla de noche. Aquel encuentro en la habitación del hospital iba a disparar los rumores en Freemont Springs. Aunque, después de lo de la foto, no iba a hacer falta mucho para alentarlos.
Unos momentos después, las tres mujeres salían por la puerta. Michael ni siquiera esperó a que ésta estuviera cerrada para ir directo al grano.
– ¿Y Sabrina? -cuanto antes obtuviera la información, antes podría salir de allí para empezar a recuperar su reputación de soltero-. Te prometo que me iré en cuanto me digas lo que sepas sobre ella.
Beth se apoyó contra la cama.
– La semana pasada vi en un periódico de Tulsa la foto y el artículo sobre su búsqueda. No supe qué hacer… -se encogió de hombros-. Pero anoche decidí que debía contar lo que sabía.
Michael contuvo el aliento. Aquella podía ser la información que su familia necesitaba para encontrar a la madre del futuro hijo de su hermano.
– ¿Y? -dijo, animándola a seguir.
Beth dudó, se mordió el labio y, finalmente, pareció tomar una decisión.
– Sabrina está aquí, en Freemont Springs. O al menos estaba aquí hasta hace dos semanas. Asistimos juntas a algunas clases de parto.
¡Estaba allí!
– Gracias, Beth -un torrente de alivio recorrió a Michael-. No sabes lo que esto significa para nosotros… para mi abuelo -una sonrisa distendió su rostro-. Podría besarte por esto.
