– Soy Beth Masterson -dijo la mujer, con voz entrecortada, los puños apretados y dos blanquísimos dientes sujetando su labio inferior-. Siento molestarlo, pero voy a tener un bebé.

Michael pensó que las campanas y campanillas habían afectado a su oído.

– ¿Perdón? -preguntó. No había querido encender las luces de fuera y sólo los débiles rayos de luz del aplique del vestíbulo iluminaban el pelo rubio claro de la mujer, que resplandecía como la luna contra su oscura parca.

– Yo… -comenzó de nuevo la joven. Apretó los puños y un perceptible escalofrío recorrió su cuerpo.

– Por el amor de Dios -dijo Michael, tomándola por un brazo y haciéndole atravesar el umbral de la puerta. El escurridizo tejido de su abrigo le hizo sentir frío en las palmas de las manos. Giró el interruptor de la lámpara del vestíbulo para verla mejor.

Ella parpadeó contra la resplandeciente luz.

Ojos azules. Labios azulados por el frío.

– No habrás venido hasta aquí caminando, ¿no? -Michael miró los pies de la joven, acertadamente cubiertos por unas botas de invierno. ¿Se habría estropeado su coche en medio de la carretera?

Ella negó con la cabeza, como si se hubiera quedado muda. Permaneció extrañamente quieta. Al cabo de un momento, la tensión desapareció de su cuerpo.

– He venido en mi coche. La calefacción está estropeada.

– Y has tenido que recorrer todo el sendero desde la carretera -sin saber qué hacer con ella, Michael le indicó con un gesto el pasillo cubierto de mármol que llevaba hasta la biblioteca-. Cuando he oído el timbre he imaginado que serían unos amigos con intención de sacarme a rastras esta noche -había unos doscientos metros de distancia desde la entrada de camino asfaltado hasta la puerta principal.

Ella no se movió, a pesar de que él volvió a indicarle el caminó hacia la biblioteca.



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