
– Eh… ¿puedo hacer algo por ti? ¿Quieres que pida un taxi? ¿Una grúa? -preguntó.
Una llamada de teléfono y podría regresar a su solitaria vigilia de año nuevo.
Las pequeñas manos de la mujer, carentes de anillos, se deslizaron sobre la parca hasta el centro de su cuerpo.
– Lo siento mucho, señor -la joven tragó con visible esfuerzo-. Pero se lo he dicho hace un minuto. Voy a tener un bebé.
Una docena de pensamientos invadieron la mente de Michael. Finalmente, señaló el asiento del vestíbulo.
¿Qué hacía una joven embarazada y sin anillos en el vestíbulo de la mansión Wentworth?
No podía tratarse de la que estaba embarazada de su hermano Jack. La familia Wentworth estaba buscando a Sabrina Jensen. Él había visto su retrato, incluso había encontrado a la melliza de Sabrina, y no se parecía en nada a aquella delicada joven.
Tampoco podía tratarse de algún ligue suyo olvidado. Siempre era muy precavido, y aunque la hubiera conocido en la noche más loca de su vida, nunca habría olvidado su pelo color luz de luna.
De manera que…
La joven tomó con fuerza una muñeca de Michael.
– Creo… -su voz se apagó por un instante, pero enseguida, armándose de valor, dijo-: Necesito ir al hospital, ahora.
Aquello dejó paralizado a Michael.
Aterrorizado.
Había visto parir a bastantes yeguas como para saber que lo mejor era apartarse de su camino.
Tras rechazar dos absurdas sugerencias, llamar al médico de la familia y pedir un helicóptero, la joven le pidió educadamente que la llevara al hospital del condado.
Oh sí, e incluso podían ir en su propio coche.
Él no se molestó en comentar aquella sugerencia. Tras telefonear al hospital para advertir de su llegada, llevó a la joven hasta su todoterreno. Con la calefacción al máximo, la mujer recostada en el asiento del copiloto y su cazadora forrada de piel cubriéndola para proporcionarle calor extra, Michael tuvo por fin unos segundos para pensar un poco en sus propias urgencias.
