
– ¿No se supone que una mujer debe descansar después de dar a luz?
Lisa tomó el fax que acababa de llegar y le echó un rápido vistazo.
– Después de dar a luz, una mujer merece una asistenta y a su madre durante al menos seis meses.
– En ese caso supongo que Beth no debería haber empezado a trabajar ya.
Lisa se encogió de hombros.
– Puede que no le quede otra opción.
Abrigo gastado. Cochecito con ruedas deterioradas. Coche con calefacción averiada.
– No me gusta -murmuró Michael.
– Y esto le va a gustar aún menos, jefe -dijo Lisa, entregándole el fax.
Michael tomó la hoja, pensando aún en Beth y en Mischa. La leyó una vez y volvió a hacerlo.
Joseph Wentworth proponía nombrarlo jefe de Wentworth Oil Works. El antiguo trabajo de Jack.
Maldición.
Arrugó la hoja en el puño. El abuelo pretendía atarlo permanentemente a la empresa y a la familia.
– No pienso permitir que se salga con la suya.
Lisa lo miró con gesto escéptico.
– No sé qué puede hacer al respecto, jefe.
Michael arrojó la bola de papel con precisión en la papelera que había junto al escritorio de Lisa. Su mirada se detuvo en una fotocopia del Daily Post de la foto en la que él había salido. Alguien había escrito algo sobre su cabeza en la foto. No se molestó en comprobar qué decía.
Fantástico. Una visita de tres minutos y las bromas habían vuelto a empezar.
Eso era lo último que necesitaba. Ser nombrado jefe ejecutivo de la empresa y más especulaciones sobre el fin de su soltería.
El fin de su soltería. Michael se quedó petrificado mientras una brillante idea cristalizaba en su mente. De acuerdo, Elijah la había mencionado antes, pero él era el único que podía hacerla realidad.
– Wentworth, eres un genio -susurró para sí-. Con esta idea todo el mundo sale ganando.
