Las manos de Beth se detuvieron en el proceso de subir la cremallera de su parka.

– Oh, lo siento. Espero que la encontréis -metió la mano en el bolsillo y sacó unas llaves.

Michael la imaginó conduciendo de vuelta a la panadería.

– ¿Sigue estropeada la calefacción de tu coche? Podría hacer que alguien…

– Ya está funcionando -Beth se puso la bufanda en torno al cuello.

– ¿No puedes quedarte un poco más? -Michael no sabía qué diablos le había impulsado a decir aquello.

Beth ladeó la cabeza y miró el escritorio abarrotado de papeles.

– No me parece que tengas tiempo para una visita más larga.

Michael siguió la dirección de su mirada.

– ¿Eso? No es nada -sólo la atadura que lo encadenaba a Oil Works-. No me has contado nada sobre el niño -miró al bebé, aún dormido. Había engordado y, mientras lo miraba hizo un puchero con los labios, moviéndolos como si estuviera mamando.

– Lo llamo Mischa.

Extrañamente, Michael sintió una punzada de decepción.

– Le has cambiado el nombre -dijo.

Beth negó con la cabeza.

– No, sólo es un apodo. Es la versión eslava del tuyo.

Hizo girar el cochecito hacia la puerta y Michael se fijó en que una de las ruedas estaba ligeramente torcida. No se le ocurrió ningún otro motivo para hacerle quedarse.

– ¿No querías llamarlo Michael? -la estúpida pregunta surgió involuntariamente de sus labios.

Beth se detuvo de espaldas a él y volvió la cabeza para mirarlo.

– Supongo que pensé que sólo había un Michael Wentworth -dijo, antes de salir.

Desde la ventana de su despacho, Michael vio cómo sacaba Beth al bebé del cochecito y lo metía en el coche. Cuando éste ya se alejaba, salió al despacho de Lisa. Ésta se hallaba junto al aparato de fax.

Su secretaria estaba casada y tenía un par de hijos. Recordaba que en cada ocasión se tomó el permiso de maternidad. Más o menos unos tres meses cada vez.



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