
Michael palmeó sus muslos con sus manos y se puso en pie ágilmente.
– Eso se debe a lo feliz que me siento con la idea -volvió a sonreír-. Debería haber pensado en ello hace semanas.
¿Feliz? Desde luego, lo parecía. Su rostro tenía una expresión juvenil y encantada, y Beth sintió un escalofrío de placer viéndolo. ¿Cuánto hacía que un hombre no la miraba así? Riendo, excitado, como si fuera ella lo que quisiera.
Había dicho que quería casarse con ella.
Sentó al bebé en el cochecito y se quitó lentamente la toalla que tenía enrollada en la cabeza.
– Lo siento… acabo de salir de la ducha.
Había dicho que quería casarse con ella.
La juvenil sonrisa ensanchó el rostro de Michael.
– No me importa el aspecto que tengas. Sólo quiero tener tu nombre en un certificado de matrimonio.
Matrimonio. Compartir la vida con alguien. Crear una familia con Michael y Mischa. Sueños que ya creía olvidados florecieron al instante en su mente.
– No puedes hablar en serio -susurró, mientras su mente se llenaba de imágenes de Michael en su dormitorio, acariciándola con sus fuertes manos. A pesar de que Michael era casi un desconocido, la imagen hizo que el estómago se le contrajera.
– Claro que hablo en serio. Tú. Yo. Un matrimonio de conveniencia. ¿No es así como lo llaman?
El buen humor de Michael resultaba tan contagioso que Beth estuvo a punto de devolverle la sonrisa. Entonces la realidad se hizo patente.
– ¿Un matrimonio de conveniencia?
– Exacto. Firmaremos un acuerdo prenupcial y luego nos casaremos. Yo me libraré de la empresa, conseguiré mi dinero, compraré el rancho y después te devolveré tu libertad junto con suficiente dinero para que tú y Mischa tengáis la vida resuelta.
Michael volvió a hablar con tal convicción que Beth estuvo a punto de asentir.
– Espera un minuto -se frotó con fuerza el pelo con la toalla, como si aquello pudiera hacer que la conversación adquiriera cierto sentido común.
