Michael se plantó ante ella de una zancada.

– Tengo un abuelo cascarrabias y patriarcal que se niega a aceptar que es él quien debe dirigir el negocio de la familia, no yo, ¿de acuerdo? -se pasó una mano por el cabello-. Tengo que obligarle a volver, o de lo contrario se pondrá enfermo pensando en la muerte de mi hermano Jack, y de paso hará que yo me vuelva loco atándome a Wentworth Oil.

Beth estaba al tanto de la muerte de Jack Wentworth. También conocía la reputación de Joseph Wentworth de ser un testarudo pero exitoso hombre de negocios.

– Sigo sin entender dónde encajo.

– A menos que me case, tendré que esperar tres años para hacerme con el fideicomiso que me corresponde.

A continuación, Michael le habló del proyecto que tenía para el rancho con su amigo Elijah. Caballos. Sementales. Cuadras. Beth no sabía mucho sobre ranchos, pero el entusiasmo en la voz de Michael le ayudó a hacerse una imagen vivida de su sueño.

– Sigo sin saber muy bien dónde encajo -repitió cuando Michael acabó.

Él abrió los brazos, sonriendo.

– Serías mi esposa temporal.

Beth tragó con esfuerzo.

– ¿No crees que el matrimonio debería ser…? -retorció la toalla en sus manos -¿… por amor?

Michael desestimó aquella idea con un despectivo gesto de la mano.

– Deja esas cursilerías para otros.

– ¿Tú no…?

– No digas más. Sólo piensa. Mi abuelo consigue lo que quiere. Yo consigo lo que quiero. Tú consigues lo que quieres.

¿Y qué quería exactamente ella?, pensó Beth. Volvió a retorcer la toalla…

– Ese es el problema -Michael tomó el extremo suelto de la toalla y tiró de ella hacia sí-. No ves lo que yo estoy viendo.

Sus ojos eran de un intenso marrón con un borde dorado. Olía como su cazadora… cálido, excitante, masculino.



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