
No quería que Beth le devolviera la llamada más tarde.
Quería saber si el bebé lloraba así a menudo.
También escuchó algo sobre pañales y basura que no tuvo ningún sentido.
Finalmente oyó que Beth perdía el único apartamento asequible para ella en Freemont Springs.
Un hombre más educado no habría escuchado tras la puerta. Un hombre más amable habría dejado que Beth se enfrentara sola a sus problemas.
Pero Michael no había crecido sobre la manipuladora rodilla de Joseph Wentworth para nada.
Volvió a llamar a la puerta de Beth y se lanzó de nuevo directo al grano.
Ella estaba más pálida que hacía unos minutos. Lo miró, aturdida.
– Quería que Mischa creciera aquí -dijo mientras Michael pasaba al interior y cerraba la puerta-. Uno de sus nombres es Freemont porque pretendo que no olvide el lugar al que pertenece.
Michael la tomó por el codo y la condujo hacia el pequeño sofá. Beth se sentó con el bebé en uno de sus brazos.
– Entonces, ¿te gusta vivir aquí? -preguntó Michael en tono despreocupado.
– Mi coche pinchó dos veces justo a las afueras de Freemont. Había hecho todo el trayecto desde Los Ángeles sin dar ningún problema hasta que pasé el cartel anunciando que entraba en Freemont Springs. Entonces hizo «puuf».
– Así que decidiste quedarte.
Beth asintió.
– No tenía dinero para comprar dos ruedas nuevas. Y Alice siempre decía que cuando se rompe un huevo es mejor hacer una tortilla.
Michael pasó por alto el tema de Alice y la tortilla.
– Y Mischa es el primer bebé del año nacido aquí. En Freemont Springs está su sitio.
Beth frunció el ceño.
– Eso pensé. La gente es tan hospitalaria y amistosa… pero acabo de perder el único lugar que había encontrado que podía permitirme.
A Michael no le gustó nada su infelicidad.
