
Beth se humedeció los labios con la lengua.
– ¿Y qué ves? -preguntó, sintiéndose repentinamente femenina y deseable.
De pronto, Michael soltó el extremo de la toalla y se apartó.
– Una persona a la que le vendría bien algo de ayuda -dio otro paso atrás y miró al bebé-. Una madre con un bebé del que hacerse cargo.
Todo el asunto quedó claro en un instante. Michael quería una esposa temporal y conveniente y había pensado en ella. Porque le daba pena. En ningún momento la había visto como una mujer, como un individuo.
Pero Beth ya había recibido suficiente caridad durante los primeros dieciocho años de su vida. Cinco años atrás juró no volver a hacerlo.
Se sintió bastante aliviada al descubrir que Michael aceptó con bastante calma su negativa.
Michael se detuvo al pie de las escaleras del apartamento de Beth.
«¿Qué diablos me pasa?»
Nunca aceptaba un no por respuesta.
Tal vez había sido el nuevo corte de pelo de Beth lo que lo había distraído. O el fresco aroma a jabón de su piel desnuda. O aquel fino albornoz…
Gruñó y metió las manos en los bolsillos de sus pantalones. ¡Había estado tan cerca de conseguirlo…!
¿En qué se había equivocado? ¿No le había explicado con claridad las ventajas?
«Vuelve a preguntárselo».
Su personalidad de hombre de negocios lo incitó a volver a subir las escaleras.
Otro instinto le hizo permanecer donde estaba.
Una bella mujer. Un hijo con su nombre. Aunque estuvieran casados sólo unos meses, ¿cuánto tiempo le costaría recuperar su condición de soltero?
Aún indeciso, Michael oyó el sonido del teléfono en el apartamento de Beth, seguido del llanto de Mischa. Se hallaba a medio camino de las escaleras cuando el teléfono dejó de sonar y oyó a Beth decir «¿hola?» por encima del creciente llanto del bebé.
Ya tras la puerta oyó el final de la conversación con el señor Stanley, evidentemente, un futuro arrendador. Incluso habiendo oído tan sólo parte de la conversación, Michael supo que el señor Stanley no era un hombre paciente.
