
Pensamientos que no eran precisamente alegres. En el dormitorio de la gran mansión Wentworth designado para el bebé, Beth sacaba de una bolsa de papel las ropitas de Mischa. El ama de llaves de los Wentworth, Evelyn, no había mostrado sorpresa al ver el «equipaje» de Beth, una gastada bolsa de viaje y dos bolsas de papel, ni tampoco cuando expresó su deseo de guardar personalmente la ropa del bebé. Beth no sólo no estaba acostumbrada a que le hicieran las cosas, sino que sentía la imperiosa necesidad de encerrarse a solas en algún rincón de aquella enorme casa para tranquilizar su corazón y recuperar el control.
¿Habría cometido un error tan grande como aquella mansión?
Miró a Mischa, que dormía profundamente en su familiar cuna. Había llevado aquello con ella, el único lujo que se había permitido, y lo cierto era que no desentonaba en aquella elegante habitación con paredes color melocotón, un gran ventanal con asiento y una alfombra oriental cubriendo el reluciente suelo de madera.
¿Pero encajaban ella y Mischa en aquel lugar?
Miró a su alrededor y detuvo la vista en la cama. Ésta le hizo pensar en Michael. Apretando los dientes, tomó un pequeño montón de mudas de Mischa y las metió en el cajón inferior de la cómoda. Había aceptado un matrimonio de conveniencia, temporal y sin sexo. Aquel primer pensamiento, el primer pensamiento inconsciente que tuvo cuando Michael le hizo la proposición, que estaría en su vida y en su cama para siempre, había muerto rápidamente, como cualquier otra de sus románticas ideas.
Ya debería estar acostumbrada a las decepciones.
Un año atrás tuvo que vérselas con su necesitado corazón. Completamente desprevenida, se coló por la primera cálida sonrisa que le ofrecieron. Pero su embarazo había refrenado cualquier urgencia que no fuera maternal.
