De manera que no tenía por qué preocuparse. Había aceptado aquel acuerdo con Michael con los ojos bien abiertos. Por la futura seguridad de su hijo. Colocó con decisión el resto de las ropas de Mischa en la cómoda. Luego, con la bolsa de papel en las manos, lista para arrugarla y tirarla a la papelera, se quedó paralizada.

– Volveré a necesitarla -dijo en voz alta. Era cierto-. Pronto -cuidadosamente dobladas, las bolsas de papel fueron almacenadas junto a su bolsa de viaje en el armario.

¿Cómo iba a manejar la locura de aquella situación, de aquel matrimonio? ¿Cómo podía proteger sus barreras recién erigidas? No volvería a dejarse atrapar desprevenida.

Estaba cambiando a Mischa cuando alguien llamó a la puerta. Su corazón latió más deprisa. Aquella no era la llamada de Evelyn. Era la llamada de Michael.

La llamada de su marido.

Trató de aclarar su tensa garganta.

– Adelante.

Michael abrió la puerta y pasó al interior. Había dejado a Beth en la casa tras la breve boda, a la que no había asistido ningún Wentworth, tan sólo dos amigos, pues decía que quería sorprender a la familia después del hecho, y luego fue directo a su despacho. Aún llevaba el traje oscuro de la ceremonia. El anillo con que lo había sorprendido Beth brillaba en su mano izquierda.

Estaba dando vueltas distraídamente a éste con el índice y el pulgar de la otra mano. Beth había tratado de no especular sobre su propio anillo, un ancho círculo de oro embellecido con una hilera de diminutas perlas y otra de turquesas. Michael explicó que su elección fue inspirada por su pelo rubio y sus brillantes ojos azules.

– ¿Qué tal te las arreglas? -preguntó sin sonreír.

El corazón de Beth latió más fuerte que nunca.

– Bien, Mischa y yo estamos bien -desde que había ido a recogerla para la boda, el buen humor de Michael de los días anteriores se había evaporado.



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