
– ¿No es dulce? -dijo lady Neeley. Tillie sólo sonrió. Peter se mordió el labio para evitar soltar una risita-. Su percha está aquí -dijo lady Neeley, señalando con la cabeza un lugar en el rincón-. El lacayo llenó su plato con semillas; no irá a ninguna parte.
Tillie asintió y llevó el ave a su percha. En efecto, comenzó a picotear furiosamente su comida.
– Usted debe tener pájaros -dijo Peter.
Tillie sacudió la cabeza.
– No, pero he visto a otros manejarlos.
– ¡Lady Mathilda! -exclamó lady Neeley.
– Me temo que ha sido llamada -murmuró Peter.
Tillie le disparó una mirada sumamente irritada.
– Sí, bien, usted parece haber adoptado el puesto de mi escolta, así que también tendrá que venir. ¿Sí, lady Neeley? -completó, su tono instantáneamente transformado en pura dulzura y luz.
– Ven aquí, niña, quiero mostrarte algo.
Peter siguió a Tillie por la habitación, manteniendo una distancia segura cuando su anfitriona estiró el brazo.
– ¿Te gusta? -Preguntó, tintineando su brazalete-. Es nuevo.
– Es encantador -dijo Tillie-. ¿Rubíes?
– Por supuesto. Es rojo. ¿Qué otra cosa podría ser?
– Eh…
Peter sonrió mientras veía a Tillie intentando deducir si la pregunta era retórica o no. Con lady Neeley, uno nunca podía estar seguro.
– También tengo un collar a juego -continuó lady Neeley alegremente-, pero no quería exagerar. -Se inclinó hacia delante y dijo en un tono que en cualquier otro no hubiese sido descrito como discreto-: No todos aquí tienen los bolsillos tan gordos como nosotras dos.
Peter podría haber jurado que ella lo miró, pero decidió ignorar la afrenta. Uno realmente no podía ofenderse por ninguno de los comentarios de lady Neeley; hacerlo atribuiría demasiada importancia a su opinión y, además, uno siempre estaría sintiéndose insultado.
