
Peter se estremeció al ver al papagayo lanzarse fuera del hombro de lady Neeley y revolotear por la habitación hacia una mujer delgada de cabello oscuro, que claramente quería estar en cualquier sitio excepto donde se encontraba. Ella batió las manos al ave, pero la criatura no la dejaba en paz.
– Pobrecita -dijo Tillie-. Espero que no la picotee.
– No -dijo Peter, observando la escena con asombro-. Pienso que se cree enamorado.
Y en efecto, el papagayo hocicaba a la pobre mujer, arrullando: “Martin, Martin”, como si acabara de entrar por las puertas del cielo.
– Milady -suplicó la señorita Martin, frotando sus ojos cada vez más inyectados en sangre.
Pero lady Neeley sólo rió.
– Pagué cien libras por ese pájaro, y lo único que hace es hacer el amor a la señorita Martin.
Peter miró a Tillie, cuya boca estaba cerrada en una furiosa línea.
– Esto es terrible -dijo ella-. Ese ave está enfermando a la pobre mujer, y a lady Neeley no le importa un comino.
Peter entendió que eso significaba que se suponía que él hiciera de caballero con brillante y armadura, y salvara a la pobre acompañante atribulada de lady Neeley, pero antes de que pudiera dar un paso, Tillie había atravesado la sala. La siguió con interés, viendo cómo estiraba un dedo y alentaba al ave a abandonar el hombro de la señorita Martin.
– Gracias -dijo la señorita Martin-. No sé porqué actúa de ese modo. Nunca antes me había prestado atención.
– Lady Neeley debería encerrarlo -dijo Tillie severamente.
La señorita Martin no dijo nada. Todos sabían que eso jamás sucedería.
Tillie llevó el pájaro de regreso a su dueña.
– Buenas noches, lady Neeley -le dijo-. ¿Tiene una percha para su ave? O tal vez deberíamos ponerlo nuevamente en su jaula.
