– Hablaba elogiosamente sobre usted. Elogiosamente -repitió Robbie, probablemente para dar énfasis extra.

Tillie simplemente asintió. Extrañaba a Harry, aunque estuviese dándose cuenta de que él había informado aproximadamente a mil hombres de que ella era una boba flacucha.

Robbie asintió.

– Decía que usted era la mejor de las mujeres, si uno podía mirar bajo las pecas.

Tillie comenzó a buscar las salidas, buscando una escapatoria. Seguramente podía fingir un ruedo desgarrado, o una horrible tos de pecho.

Robbie se acercó para observar sus pecas.

O la muerte. Su dramático fallecimiento seguramente terminaría como la historia principal en el Whistledown de mañana, pero Tillie casi estaba lista para intentarlo. Tenía que ser mejor que esto.

– Nos contó a todos que tenía pocas esperanzas de que usted se casara alguna vez -dijo Robbie, asintiendo de un modo muy amistoso-. Siempre nos recordaba que usted tenía una dote tremenda.

Eso era suficiente. Su hermano había estado usando su tiempo en el campo de batalla para rogar a los hombres que se casaran con ella, usando su dote (a diferencia de su apariencia o, Dios no lo permita, su corazón) como el atractivo principal.

Era típico de Harry haber muerto antes de que ella pudiera matarlo por esto.

– Tengo que irme -se le escapó.

Robbie miró alrededor.

– ¿Adónde?

A cualquier sitio.

– Afuera -dijo Tillie, esperando que eso fuera explicación suficiente.

El ceño de Robbie se frunció con confusión mientras seguía la mirada de ella a la puerta.

– Oh -dijo-. Bien, supongo…

– ¡Allí estás!

Tillie se dio vuelta para ver quién había logrado apartar la atención de Robbie de ella. Un caballero alto vistiendo el mismo uniforme que Robbie caminaba hacia ellos. Excepto que, a diferencia de Robbie, se veía… peligroso.



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