Su cabello era rubio miel oscuro, y sus ojos eran… bien, no podía decir de qué color eran a dos metros y medio de distancia, pero realmente no importaba, porque el resto de él era suficiente para aflojar las piernas de cualquier joven dama. Sus hombros eran anchos, su postura era perfecta, y su rostro se veía como si debiera ser tallado en mármol.

– Thompson -dijo Robbie-. Es condenadamente bueno verte.

Thompson, pensó Tillie, asintiendo mentalmente. Debía ser Peter Thompson, el mejor amigo de Harry. Harry lo había mencionado en casi todas las misivas, pero claramente nunca lo había descrito en realidad, o Tillie hubiese estado preparada para este dios griego parado frente a ella. Por supuesto, si Harry lo hubiese descrito, simplemente se hubiera encogido de hombros y dicho algo como “Un tipo de apariencia regular, supongo”.

Los hombres nunca prestaban atención a los detalles.

– ¿Conoces a lady Mathilda? -dijo Robbie a Peter.

– Tillie -murmuró él, tomando la mano ofrecida de ella y besándola-. Perdóneme. No debería tomarme tanta libertad, pero Harry siempre la llamaba así.

– Está bien -dijo Tillie, sacudiendo apenas la cabeza-. Ha sido bastante difícil no llamar Robbie al señor Dunlop.

– Oh, debería hacerlo -dijo Robbie afablemente-. Todos lo hacen.

– ¿Entonces Harry escribía sobre nosotros? -inquirió Peter.

– Todo el tiempo.

– Él la quería mucho -dijo Peter-. Hablaba sobre usted con frecuencia.

Tillie se estremeció.

– Sí, eso ha estado contándome Robbie.

– No quería que pensara que Harry no había estado pensando en ella -explicó Robbie-. Oh, miren, ahí está mi madre. -Tanto Tillie como Peter lo miraron sorprendidos, ante el repentino cambio de tema-. Será mejor que me oculte -murmuró él, y luego se ubicó detrás de una planta en maceta.



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