– En parte sí y en parte no -dijo el comisario. Y le contó toda la historia.

– Esto no es una broma -afirmó Mimì a modo de comentario, y se quedó taciturno y pensativo.

– Lo único que me molesta es que esta vez haya matado un animal que ni Fazio ni yo podemos comernos -repuso Montalbano.

Augello lo miró.

– Ah, ¿conque te lo tomas así?

– ¿Y cómo tendría que tomármelo?

– Salvo, esto va en aumento.

– No te entiendo, Mimì.

– Me refiero al tamaño de las… -Se detuvo, confundido. No le parecía correcto decir «víctimas»-. De los animales. Un pez, un pollo, un perro. La próxima vez ya veréis como mata una oveja.

El viernes 10 de octubre, tras haber saboreado una exquisita caponatina a base de berenjenas, apio frito, aceitunas, tomate y otros ingredientes de primerísima calidad, el comisario estaba sentado en la galería. Sonó el teléfono. Eran las diez de la noche; Livia, como de costumbre, llamaba exactamente a la hora convenida.

– Hola, amor mío, aquí estoy tan puntual como siempre. ¿A qué hora llegas mañana?

El mes anterior le había prometido a Livia que en octubre podría pasar un sábado y un domingo con ella en Boccadasse. Es más, en la llamada de la víspera le había dicho que, puesto que Mimì ya había regresado de sus vacaciones, podría quedarse hasta el lunes. Entonces, ¿por qué experimentó el impulso de contestar tal como contestó?

– Livia, tendrás que perdonarme, pero mucho me temo que no voy a estar libre. Ha ocurrido…

– ¡Calla!

Se hizo un silencio como cortado con la cuchilla de una guillotina.

– No es por una cuestión de trabajo, puedes creerme -añadió él valerosamente al cabo de un momento.

Voz de Livia procedente de allá por el norte de Groenlandia:

– ¿Qué te ha pasado?

– ¿Recuerdas aquella muela que me dolía? Pues bien, me ha vuelto de repente un dolor que…

– Yo soy la muela que te duele -replicó Livia. Y colgó.



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