
– ¿De qué tipo?
– Un fusil de caza. Tiene licencia. Vio el perro muerto y un instante después oyó un automóvil que se ponía en marcha.
– ¿Comprobó qué hora era?
– Sí, señor. Eran las doce de la noche y treinta y cinco minutos. Me contó que se pasó el resto de la noche llorando. Quería mucho al perro. Después, en cuanto se hizo de día, vino aquí. Y yo lo acompañé a ver el lugar de los hechos.
– ¿Y tiene alguna teoría?
– Ninguna. Dice que no consigue comprender por qué le han matado al perro. Asegura no tener enemigos y no haber hecho jamás daño a nadie.
– ¿La casa de ese Contino se encuentra en la zona de la granja de la otra vez?
– No, señor, está justo al otro lado.
– ¿Y con respecto al restaurante?
– También queda lejos del restaurante.
– ¿Has encontrado la bala?
– Sí, señor, aquí está. -Era idéntica a las otras dos-. Pero esta vez he tardado bastante más en encontrar la nota. El vientecito de anoche se la había llevado lejos.
Se la entregó al comisario. La habitual cuartilla cuadriculada, el habitual bolígrafo: «Me sigo contrayendo.»
– Vaya, menuda lata -exclamó Montalbano-, ¿cuánto tiempo tardará este cabrón en acabar de contraerse?
En ese momento entró Mimì Augello más fresco que una rosa, afeitado, hecho un pincel. Se había tomado un mes de vacaciones en Alemania, como huésped de una joven de Hamburgo a la que había conocido el verano anterior en la playa.
– ¿Alguna novedad? -preguntó tomando asiento.
– Sí -contestó en tono desabrido Montalbano-. Tres homicidios. -Cuando veía a Mimì tan descansado y sonriente, se ponía nervioso y le cobraba antipatía.
– ¡Coño! -reaccionó Augello ante la noticia, saltando literalmente de la silla. Después, viendo la cara de los otros dos, comprendió que había algo raro-. ¿Me estáis tomando el pelo?
Fazio se puso a mirar al techo.
