– ¡Siempre a sus órdenes, comisario!

Tenía una voz alegre el tal Ennicello, los negocios debían de irle bien.

– Perdone que lo moleste. Lo llamo por lo del pez del otro día…

– ¿Lo comió aquí, en nuestra casa? ¿No estaba fresco?

¡Comer en La Sirenetta! ¡Ni loco!

– No; me refiero al mújol al que pegaron un tiro en la…

– ¿Todavía se acuerda de ese suceso, comisario?

– ¿No debería?

– ¡Pero si aquello fue una broma, qué duda cabe! Verá, al principio me preocupé, pero después, pensándolo fríamente… No ha sido más que una broma, seguro.

– Una broma peligrosa, ¿no le parece? Podría haber pasado, qué sé yo, un coche patrulla, visto a un intruso armado en el restaurante…

– Tiene razón, comisario. Pero, mire, para gastar una broma que surta efecto, algo hay que arriesgar.

– Pues sí.

– Perdone, comisario, tengo el restaurante lleno y…

– Sólo una pregunta más y lo dejo con sus clientes. Señor Ennicello, según usted, ¿la elección del tipo de pez fue deliberada o casual?

Ennicello debió de alucinar.

– No entiendo, comisario.

– Le formularé la pregunta de otra manera. ¿Quiere usted explicarme cómo hizo aquel hombre para sacar el mújol del estanque?

– Es que no sacó sólo el muletto. Atrapó tres peces con la nasa. Y lo escogió quizá por ser el más grande.

– ¿Y usted cómo puede saber que atrapó tres?

– Porque aquella misma mañana también encontré en el estanque una tenca y una trucha muertas.

– ¿De sendos disparos?

– No; por asfixia, por falta de agua. A mi juicio, el tío debió de vaciar la nasa sobre la hierba y esperar a que murieran los peces. Le habría resultado difícil sujetarlos estando vivos. Después cogió el muletto y lanzó los otros dos al agua.



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