
– En otras palabras, hizo una selección. Según usted, se decidió por el muletto porque era el más grande, pero los motivos podrían ser otros, ¿no cree?
– Comisario, ¿cómo puedo yo saber lo que le pasa por la cabeza a un…?
– Una ultimísima pregunta. ¿A qué hora cerró el restaurante la víspera de los hechos?
– Para los clientes cierro siempre a las doce y media de la noche.
– ¿Y el personal hasta qué hora se queda?
– Más o menos una hora más.
Montalbano dio las gracias y colgó. Después, provisto de bolígrafo y papel, volvió a sentarse en la galería. Y escribió: «Lunes 22 de septiembre = pez. Lunes 29 de septiembre = pollo.» Le entraron ganas de reír, parecía un menú. «Lunes, 6 de octubre = perro.» ¿Por qué siempre a primera hora del lunes? De momento, mejor dejarlo correr. Escribió las iniciales de cada animal asesinado: «PPP» No tenía ningún sentido. Y tampoco si sustituía la p de pez por la m de mújol: «MPP.» Se le ocurrió un pensamiento de carácter licencioso-goliardesco: el único significado que podía atribuir a aquellas tres consonantes puestas en fila era: «Mi polla pica.»
Hizo una pelota con la hoja de papel, la tiró al suelo y se fue a dormir más perplejo que convencido.
Mientras Montalbano daba vueltas en la cama sin conseguir conciliar el sueño, después de una cena de tamaño casi industrial a base de sardinas rellenas con pan rallado, anchoas, cebollas, pasas y piñones, el hombre, en su espaciosa biblioteca enteramente tapizada con estanterías repletas de libros, en la cual la única y mortecina luz procedía de una lámpara de sobremesa, levantó los ojos del libro antiguo lujosamente encuadernado que estaba leyendo, lo cerró, se quitó las gafas y se reclinó en el sillón de madera. Permaneció unos minutos así, frotándose de vez en cuando los ojos, que le ardían. Después, lanzando un profundo suspiro, abrió el cajón derecho del escritorio.
