
– Ah, ¿sí? Ponme un ejemplo.
– Pues no sé, dottore. Digo lo primero que me pasa por la cabeza. Por ejemplo, Partido Popular Proletario Comunista.
– ¿Y tú crees que existen todavía comunistas revolucionarios? ¡Anda ya! -replicó sin miramientos Montalbano.
Se hizo de nuevo el silencio. Augello encendió un cigarrillo, Fazio se miró la punta de los zapatos.
– Apaga el cigarrillo -ordenó el comisario.
– ¿Por qué? -preguntó sorprendido Mimì.
– Porque mientras tú te tumbabas a la bartola en Maguncia…
– Estaba en Hamburgo.
– Donde fuera. En resumen, mientras estabas ausente de este precioso país nuestro, un ministro despertó una mañana y se preocupó por nuestra salud. Si quieres seguir fumando, tendrás que salir a la calle.
Maldiciendo entre dientes, Mimì se levantó y abandonó la estancia.
– ¿Puedo retirarme? -preguntó Fazio.
– ¿Quién te lo impide?
Una vez a solas, Montalbano lanzó un profundo suspiro de satisfacción. Había desahogado el mal humor provocado por aquel imbécil que andaba por ahí cargándose animales.
* * *
Había transcurrido apenas una hora cuando por toda la comisaría tronó la voz de Montalbano.
– ¡Augello! ¡Fazio!
Se presentaron corriendo. Sólo con verle la cara, comprendieron que algún engranaje se había puesto en marcha en el celebro del comisario. En efecto, Montalbano estaba esbozando una especie de sonrisita.
– Fazio, ¿conoces el nombre del propietario de la cabra asesinada? Espera, si lo sabes, sólo asiente con la cabeza, no digas nada.
Fazio, sorprendido, lo hizo varias veces.
– ¿A que adivino con qué empieza su apellido? Empieza por O, ¿verdad?
– ¡Verdad! -exclamó Fazio, admirado.
Mimì Augello prorrumpió en un breve e irónico aplauso y preguntó:
– ¿Has terminado de hacer juegos de prestidigitación?
Montalbano no le respondió.
