
Entretanto, Galluzzo gritaba:
– ¡Policía! ¡Armando Losurdo, no dispare!
– ¡No me fío! ¡Como no os larguéis, os pego también un tiro a vosotros!
– ¡Somos de la policía, cabrón!
– ¡Júralo sobre la cabeza de tu madre!
– Jura -le ordenó Fazio-, de lo contrario aquí se nos hace de noche.
– Pero ¿es que estamos locos?
– ¡Jura y no me vengas con mandangas!
– ¡Juro sobre la cabeza de mi madre que soy policía!
Mientras Losurdo salía de la casucha con las manos en alto, Fazio le preguntó a Galluzzo:
– Pero ¿tu madre no murió hace tres años?
– Sí.
– Pues entonces, ¿por qué te resistías tanto?
– No me parecía bien.
En cuando De Dominici vio aparecer a Losurdo, de una sacudida se libró de Fazio y, esposado como estaba, arremetió con la cabeza gacha como si fuera una especie de ariete contra su enemigo. Una zancadilla de Galluzzo lo derribó al suelo.
Losurdo gritaba:
– ¡No sé qué le ha dado a este loco! Se ha apostado ahí y ha empezado a disparar contra mí. ¡Yo no le he hecho nada! ¡Lo juro sobre la cabeza de mi madre!
– ¡Pero qué manía tiene este hombre con la cabeza de las madres! -comentó Galluzzo.
Mientras, De Dominici se había arrodillado, pero era tanta la rabia que tenía que no conseguía hablar; las palabras se le atropellaban en la boca, se la llenaban y se transformaban en baba. Su rostro había adquirido un color amoratado.
– ¡El burro! ¡El burro! -logró decir finalmente al borde del llanto.
– Pero ¿qué burro? -preguntó Losurdo.
– ¡El mío, grandísimo hijo de puta! -Y dirigiéndose a Fazio y Galluzzo, explicó-: ¡Esta mañana he encontrado mi burro! ¡Muerto de un disparo! ¡Un tiro en la cabeza! ¡Y ha sido él, este maricón hijo de la gran puta, quien lo ha matado!
Al oír «tiro en la cabeza», Fazio se quedó petrificado y plantó las orejas.
