
– A ver si lo entiendo -le preguntó despacio a De Dominici-, ¿estás diciendo que esta mañana has encontrado a tu asno muerto de un disparo en la cabeza?
– Sí, señor.
Fazio desapareció literalmente de la vista de Galluzzo, De Dominici y Losurdo, los cuales se quedaron paralizados como si acabara de pasar aquel ángel que dice «amén» y todos se paralizan al instante.
– ¿Por qué se ha ido? -preguntaron a la vez De Dominici y Losurdo.
Fazio llegó a la casucha de De Dominici empapado de sudor y sin resuello. El burro estaba atado con una cuerda a un árbol de las inmediaciones, pero tumbado en el suelo, muerto. Un hilillo de sangre le brotaba de una oreja. Encontró enseguida la bala, prácticamente entre las patas del animal, y a primera vista le pareció igual que las anteriores. Pero de la nota no había ni rastro. Mientras la buscaba por los alrededores (tal vez la brisa de primera hora de la mañana se la había llevado), la señora De Dominici se asomó a una ventana.
– ¿Lo ha matado? -chilló.
– Sí -contestó Fazio.
Y entonces se desencadenó la ira divina, el infierno, la vorágine.
– ¡Aaaaaaahhhhh! -gritó ella, desapareciendo del hueco de la ventana.
A pesar de la distancia, Fazio oyó el golpe del cuerpo que se desplomaba. Echó a correr, entró en la casa, subió por una escalera de madera y entró en la única habitación elevada, que era el dormitorio. La mujer se había desmayado bajo la ventana. ¿Qué hacer? Se arrodilló a su lado y le dio unas leves bofetadas.
– ¡Señora! ¡Señora!
Nada, ninguna reacción. Entonces Fazio bajó a la cocina, llenó un vaso con agua de una jarra, subió de nuevo, empapó su pañuelo y lo pasó varias veces por la cara de la mujer sin dejar de llamarla:
– ¡Señora! ¡Señora!
Al final y cuando Dios quiso, ella abrió los ojos y lo miró.
– ¿Lo han detenido?
– ¿A quién?
– A mi marido.
– ¿Por qué?
– Pero ¿cómo? ¿No ha matado a Armando?
