
Pero había también un calendario de la gira por la provincia; a través de ese medio, el hombre que se creía Dios o pensaba guardar alguna relación con él había averiguado la fecha de las representaciones en Fiacca. En el cartel destacaba la lista de las atracciones: en segundo lugar figuraba en letras doradas el nombre de Irina Ignatievic, estrella del Circo de Moscú y domadora de elefantes.
La letra i que debería colocarse después de la D.
El hombre que se creía Dios o pensaba guardar alguna relación con él había leído el cartel y había actuado expeditivamente. ¿Qué mejor ocasión podría tener?
Pero aprovechar aquella ocasión no debía de haberle resultado muy fácil, los riesgos que entrañaba eran enormes y su magnitud podía dar al traste con sus planes. Habría bastado con la presencia de un vigilante nocturno o el desquicio de los animales ante la cercanía de un desconocido. Sin embargo, había entrado en un circo de noche, o por lo menos en las primeras horas de la madrugada, y había conseguido matar un elefante. ¿Era un loco que actuaba al azar, a la buena de Dios, sin orden ni concierto, o era un loco de otra especie, perteneciente a la categoría de los meticulosos y metódicos? Todo permitía suponer que jamás dejaba nada al azar.
Además, había que considerar el progresivo aumento de tamaño de las llamadas «víctimas». Seguramente ese hecho tenía un significado, encerraba un mensaje que había que descifrar. Después del asesinato de la cabra, él había pensado con cierta inquietud que le tocaría a un hombre. En cambio, en lugar de eso, el loco había matado un asno. Y después había pasado a un elefante. Ahora bien, entre una cabra y un elefante había espacio suficiente para el cuerpo de un hombre.
