
Volvió a sentarse en la silla, dio unas cuantas chupadas al biberón porque se le había secado la garganta, expectoró, abrió el libraco y comenzó a hojearlo.
– Esta es la ilustración que Hayyim Vital hace del pensamiento de su maestro Luria.
– Gracias por la aclaración -dijo Montalbano-. Pero quisiera saber de qué estamos hablando.
Maraventano lo miró, perplejo.
– ¿Aún no lo ha comprendido? Estamos hablando de la Qabbalah y sus interpretaciones.
¡La Cábala! Había oído hablar de ella, claro, pero siempre como de algo misterioso, secreto, esotérico.
– Ah, aquí está -exclamó Maraventano, deteniéndose en una página del libraco-, preste atención. «Cuando el En sof concibió la idea de crear los mundos y producir la emanación para sacar a la luz la perfección de sus actos, se concentró en el punto de en medio, situado en el centro exacto de su luz. La luz se concentró y se retrajo por entero alrededor de aquel punto central…» ¿Ahora lo tiene claro?
– No -contestó Montalbano, estupefacto. Comprendía, por supuesto, el significado de las palabras, pero no conseguía establecer una relación entre una palabra y otra.
– Me remito a Cordovero -explicó Maraventano-, el cual afirma que el En sof, el ente supremo, para que los hombres puedan, por lo menos en parte, comprender su grandeza, se ve obligado a contraerse.
– Empiezo a entender -dijo finalmente el comisario.
– Y cuando termine de contraerse, se aparecerá a los hombres en toda su luz y en todo su poder.
– ¡Virgen santísima! -balbució Montalbano. Había comprendido de pronto adónde quería ir a parar aquel loco que se creía Dios.
– Este imbécil no ha entendido nada de la Qabbalah -dijo Maraventano a modo de conclusión.
– Este imbécil no está pensando en matar a un solo hombre, sino que está preparando una matanza.
Maraventano lo miró.
– Sí, considero muy plausible su hipótesis.
