
De repente se oyó un estruendo espantoso, un estallido aterrador; toda la casa tembló, cayeron fragmentos de revoque del techo. ¿Un terremoto? ¿La explosión de una bombona de gas? Montalbano, bruscamente levantado de la silla que a punto había estado de atravesar el techo de un golpe, vio caer sobre la puerta que miraba a la escalera una especie de telón blanco. Debía de ser el polvo, la polvareda de los escombros del piso superior. A lo mejor, la escalera se encontraba en situación inestable. Pero el comisario se sintió en la obligación de subir cuidadosamente por ella para acudir en ayuda del padrino (o puede que no). La densa polvareda le penetró en los pulmones y le provocó un ataque de tos. Los ojos empezaron a lagrimearle. Fue entonces cuando percibió cierto movimiento en lo alto de la escalera.
– ¿Hay alguien ahí? -preguntó medio asfixiado.
– ¿Y quién tiene que haber? Yo -dijo la serena y tranquila voz de Alcide Maraventano.
Después, entre la niebla, el padrino (o puede que no) apareció con un libraco bajo el brazo. De verde moho, el color de la túnica se había vuelto blanco yeso a causa del polvo. Alcide Maraventano parecía el esqueleto de un Papa descendiendo por una escalera.
– Pero ¿qué ha pasado?
– Nada. Se ha caído una estantería que a su vez ha hecho caer tres o cuatro pilas de libros.
– ¿Y toda esta polvareda?
– ¿No sabe que los libros crían polvo?
